lunes, 5 de abril de 2021

Ciudadanía digital en la clase de ELE

 Las "nuevas tecnologías" en la clase de idioma

Hace rato que ya deberíamos escribir lo de "nuevas tecnologías" entre comillas o al menos sacarle el adjetivo "nuevas". Hace ya más de 30 años que convivimos con ordenadores en nuestra vida cotidiana, unos 25 años que los celulares empezaron a popularizarse y otro tanto que Internet entró masivamente en nuestras vidas. Los nos rodean desde hace casi 15 años. Es probable que debamos pensar por qué seguimos llamándolas "nuevas tecnologías". ¿Será que todavía no sabemos interpretar su impacto sobre nuestros estilos de vida, nuestras relaciones sociales o nuestra realidad laboral? ¿O será que todavía nos las conocemos en toda su potencia porque su sobreabundancia nos impide simplemente realizar un mapa cognitivo de uso? 

Nicola Dusi Gobbetti: Neurotransmitters. Cognitive Map n.154, bajo la licencia CC-BY-SA-4.0.

En nuestras clases tenemos alumnos más o menos tecnófilos, incluso en un grupo puede haber algunos adictos al celular y otros fóbicos a las redes sociales. Hay que tener en cuenta también la realidad de cada país. En Alemania tuve la experiencia de que la gente guardaba con mucho celo cualquier pista que los pudiera convertir, a sus ojos, en rehenes tecnológicos de otras personas, grupos o empresas. Al menos hasta el año 2015 el whatsapp era visto con desconfianza fuera de los círculos de amistades. En el mismo año, cuando vine a vivir a Brasil, me di cuenta que el uso masivo de Facebook y de Whatsapp parecían de otro planeta. Ambas plataformas fueron cruciales, con el devenir de los años, en las campañas políticas que llevaron a la ultraderecha al poder. Y todavía no se sabe qué más puede suceder y cómo serán usadas las redes sociales en las próximas campañas políticas. 


En cuanto a los alumnos, entonces, tuve la imagen de dos situaciones bien diferentes: la desconfianza y el celo por la privacidad me impedían usar demasiada tecnología que no fuera la del aula en Alemania. El intento del lugar donde trabajaba, de dar curso a través de una plataforma online fracasó estrepitosamente (2015). Hice un curso de AVE pero la desconfianza a realizar curso no presenciales era grande. En Brasil, desde hace 5 años, los alumnos usan el whatsapp sin discriminación para sus amistades, sus relaciones sentimentales, su trabajo o sus transacciones comerciales. Una foto en la playa tomando sol puede ser la foto de perfil para cualquier persona, incluido el jefe o la jefa, el profesor de idiomas o un corredor de inmuebles.

¿Usar un mapa o usar el Waze? 

Cuando llegué a Rio empecé a conocer la ciudad con miedo, poco a poco, analizando cada recorrido en varias aplicaciones por miedo a equivocarme y entrar en una favela peligrosa. Con Googlemaps podía "triangular" y comparar los recorridos propuestos. Gracias a la prudencia aún puedo estar escribiendo estas líneas. Algunos turistas no muy precavidos no pudieron contar el final de la historia. Pero pronto descubrí que algunas personas que iba conociendo no sabían usar Waze o Googlemaps y que mirando el mapa no lo terminaban de entender. 


Esta realidad me hizo pensar, trasladada al mundo de las tecnologías, en lo que significa el dominio de las destrezas tecnológicas. Si no entiendo bien un mapa, ¿cómo uso el Waze? ¿qué mapas cognitivos puedo construir si tengo dificultades para entender la diferencia entre analógico y digital? Pues creo que ese mismo problema se plantea en el uso de las TICs en el aula. Pueden ser de enorme utilidad, pueden potenciar nuestros modos de aprendizaje agregando nuevos caminos: el aprendizaje colaborativo, procesos constructivos o conectivos, la desacralización del profesor, la construcción de redes, la deslocalización del espacio de aprendizaje.

Pero desde la perspectiva de una ciudadanía digital, que todavía se plantea en un horizonte utópico, nos falta discutir mejor el lugar de la tecnología en nuestra sociedad (y claro, en nuestra clase), para qué la queremos y si queremos ponerle algún tipo de límite. Las tecnologías se producen y reproducen pero cada vez estamos menos preparados para convivir en el mismo mundo que ellas. En la clase de español pueden tener un papel importante a la hora ayudar al alumno a generar mapas cognitivos de la lengua y la cultura meta. Pero no habría que perder de vista que no deberían ser una distracción o un juego para que el alumno se distraiga unos minutos de clase. O si queremos ese momento de relax, que sea porque así lo planificamos.

La vibora que muerde

Cuando de niño buscaba algo y no lo encontraba a pesar de que estaba antes mis ojos, mi abuela siempre me decía: "Si hubiera sido una víbora ya te habría mordido". En los últimos 3 o 4 años se han empezado a multiplicar las plataformas y programas orientadas a facilitar la vida en el mundo laboral. Y claro, ¡dar clases es un trabajo! Pero claro, a veces buscas cómo hacer una presentación gastando menos tiempo que con el powerpoint sin saber que en un click tienes Canva, Blush u otras plataformas para editar videos y hasta juegos. Cuidado porque pueden morder.

El potencial de estas plataformas y programas puede ser enorme siempre y cuando tengamos claro los objetivos de la clase. No hay que desdeñar el contexto en el que viven los alumnos y su relación con la tecnología. Normalmente, en muchos estudios de lingüística aplicada, se toma como modelo el aula de clase universitaria o secundaria. Pero no hay que olvidar que hay millones de alumnos de idiomas que van a escuelas de idiomas, por no decir de los alumnos que estudian en clases particulares. Se trata de un mundo completamente diferente donde el lugar de la tecnología es muy variable y se tiene que tener en cuenta alumno por alumno.

Para terminar, me gustaría recordar que cada alumno de nuestras clases es un ciudadano digital democrático con más o menos formación, con más o menos herramientas para adaptarse a nuestra realidad/virtualidad (¿algún día el concepto de realidad absorberá al de virtualidad?). Usar herramientas tecnológicas, dispositivos nuevos, plataformas o programas de manera crítica puede contribuir a elevar los estándares de desempeño y comportamiento digital en una sociedad democrática. El nuevo reto es claro: sin ciudadanía digital no puede haber democracia.



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